Tenía catorce años la primera vez que vi un bosque en otoño. Fue en la habitación de mi abuela, en Perú, mientras ella cosía en su máquina de coser, una reliquia antigua. Detrás de ella, en la pared, colgaba un calendario con la imagen de un bosque nostálgico: un sol luminoso, filtrándose entre árboles centenarios, revelando un manto dorado de hojas rojizas, anaranjadas y amarillas. Debajo, una sola palabra: Germany. Esa foto quedó en mi memoria para siempre.
Años después estaba ahí, frente a ese mismo otoño, en un bosque alemán en Kiel — niebla densa matinal, un sol tenue, aire fresco y puro, olor a tierra húmeda, corteza y musgo, la alfombra de hojas amarillas crujiendo bajo mis botas. Ese paisaje transmitía una profunda sensación de paz y magia. Había encontrado mi refugio.
Ahí nació el amor por Alemania, el país que me enseñó a crecer como persona. Me integré por completo, sin dudarlo.
Mi familia y amigos de toda la vida me decían que estaba perdiendo mi esencia. Lo dudé por un momento. Pero mi esencia seguía intacta — solo mi manera de ver la vida era otra.
Por motivos familiares vivo actualmente en España, y ahora más que nunca, después de vivir diferentes experiencias culturales, renace en mí esa afirmación personal que no vino a decirme quién soy, vino a recordarme quién ya era, sin perder mi esencia, la misma que está en mi ADN.